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¡OH, MAR!



¡Oh, mar!
No digas marejada o chapoteo
Porque la blancura
Sobre la boca de una perla
Dirá lo que tú no dices.

¡Oh, mar!
Sobre el sepulcro del sol que muere
No llores cuando la tarde llegue
Porque las nubes ya lloraron
Cuando el sol aún era puro espectro.

¡Oh, mar!
No presumas del cielo
Que en tus manos está
Porque las montañas ya tienen
En sus manos los troncos
Y no las sombras.

¡Oh, mar!
No te asombres
Si ves a alguien dispersar
Por los barrancos del viento
La arena que te hice para coronar
Tu cabeza real
Porque las estrellas,
Que no iluminan sus propios dedos,
Son falsas perlas.

¡Oh, mar!
Agítate si quieres o cálmate
Porque los buitres seguirán adormecidos
Como hormigas
Sobre tu cadáver.

¡Oh, mar!
Tus olas gitanas me enseñaron
El canto de los tiburones
Y el baile de los delfines.
Mas mi memoria se hundió
En el lamento de las gaviotas
Del rio y de las margaritas.

¡Oh, mar!
Eres solo una lágrima
Sobre la cara de un ciervo fugitivo
Que pregunta a los transeúntes
Por la hierba,
Por cualquier manantial,
Para beber en su taberna
Una copa o más;
Un ciervo fugitivo
Que pregunta por cualquier sombra
Donde acariciar sus patas
Y dormirse.

¡Oh, mar!
Dame tu mano derecha
Para que transitemos
El redondo planeta
Hacia cualquier mar
Y no demos la vuelta algún día
Hacia la forma de una manzana,
O de un riachuelo.


Autor: Abdelkarim Tabbal

CANCIÓN DEL OLVIDO



Cuando presienta el final de mi vida
lo esperaré sin temores.
 
Cuando yo muera
concluiré el camino sin tristezas.
 
Cruzaré el umbral predestinado
y sabré entonces que la muerte
es una bella mujer que me esperaba,
etérea e intangible.
 
Conoceré sus ojos,
oquedades de luz y de tinieblas.
 
Extenderá su mano
de hielo azul y transparente
para darle una caricia a mis cabellos.
 
Me atraerá hacia sí,
tierna, amorosamente,
hasta envolverme con su túnica inconsútil.
 
Y entonces…
Se convertirán en nieve mi cabeza,
mis ojos en granizos,
mi boca en arena,
mi corazón en piedra,
mi pecho en polvo,
mis dedos en esquirlas,
mis piernas en raíces,
mi piel en pergamino,
mis huesos en cenizas.
 
Y así, por fin y para siempre,
mis restos y mi historia
conocerán el aposento
sagrado y misterioso de la tierra.
 
Y el tiempo pasará,
y sobre mi tumba
soplarán los cierzos,
acaso crezca un árbol,
se cagarán los perros…
 
O nada,
nada pasará,
¡sólo el olvido!
 
 
Autor: Javier Aviña Coronado

Dicen que no Hablan las Plantas

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros, Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros, Lo di...